lunes, 4 de junio de 2012

Mi Auschwitz


dicen que la basura se presta.

cuando las caminatas sirvieron de origen
el día existió, con fraude, aunque
el hambre no pudo contigo
ni la droga de tres colores
ni encontrar gotas niñas de
glicerina: sus sopas que parecen saliva y que uno busca;
la cosa era tener asistencia perfecta al sitio donde había
calaveras de quemar o de narices.

cuando tus cigarrillos quisieron sabores otros, dulces,
dispuestos a imprimir mariposas en los callejones, a pensar
vecindad alta en el quinto piso... A leer las calcomanías
con números en la capota de las AMA’s durante su paso
por la avenida Ponce de León

a ser gente con bolígrafos rojos, como
recordatorios de la tristeza y de los muchos dolores de pecho
que nos pegó el gato con sus ganas de chuparle las tetas a la acera,
balanceándose por la terraza, por el cemento blando

por las tantas guerras contra nuestros ojos despiertos
con libro en mano y tú adentro, conmigo,
en la ducha que nos vigiló por más de cien noches;
por mirar a Marlena cuando se sentaba a mi lado,
por apagar la bombilla del baño para esperar
por esa música normal del cuerpo
por los relojes cuando se disgustan y dejan hito en uno.

con las ganas frías, por ser hombre sin fonda,
por correr hasta la sinfonía bastarda
que se hizo desde la última vez que
tu sudor quemó aquella vulva;
tu piel en las sábanas,
en aquella vulva eléctrica...

donde los químicos encuentran ventana abierta
donde pueden sacudirse tus vellos y dar sangre,
residuo amarillo
lunares microscópicos;
cucarachas que se enamoran de tu cama,
porque son esculturas invisibles
porque son de ti, como gusanos brillosos
que aparecen, que huelen flores en las nalgas de tu mujer...
ella que te obsequió iglesia boca abajo,
en quien ansiabas venirte hondo, comer de ella,
comer de su trozo arisco

en aquella mujer que se comió tu idioma
que decía que tu sabor era hijo del caramelo,
de su soda favorita.
ella, que se masturbaba todos los días encima de tus huesos,
que sus paredes eran grifos, países abiertos
que aguantaron tu ardor desnudo.

ella, con un vértigo que se regaba por tu rostro
por tu espalda, por tu cintura
porque su vulva era espíritu obligatorio de todas las noches.
y porque si te dormías sin haber probado su sexo
  aquella rabia te golpeaba mil veces,

hasta romper tus clavículas
hasta vencerte

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