sábado, 31 de mayo de 2014

{UN CAFÉ CON ROSARIO CASTELLANOS} por Lynette Mabel Pérez

 

















"Desde hace años, lectura,

tu lento arado se hunde en mis entrañas"

Rosario Castellanos


Hace tiempo que te esperaba,

quería bridarte esta sonrisa de amiga,

encontrarme en páginas de sobremesa contigo,

más allá del aleteo de los cuervos negros,

por encima de los que fuman su cigarro,

sé que te gustan esos instantes en que el café humea,

en que la ternura flamea su constancia,

en donde la plenitud consiste

como dices "en ser y dejar pasar".


Por eso he pagado este café 

que humea junto a tu libro entumecido,

leo tus palabras para reanimarte en mi mente,

pero Frida, Julia y tú nunca andan lejos,

hace rato que guardo silencio,

mis oídos cansados del ruido

se niegan a escuchar otra cosa

que no sea el pasar de las hojas amarillas.


Comulgamos, recordamos 

a Malinche, Tlatelolco y el crimen de ser mujeres,

te presento a Nayeli y tú me hablas de Gabriel,

del tiempo transcurrido en Israel,

de lo que se siente al vivir en tierra extraña,

de la lámpara que cae,

del destino último de las cosas,

me levanto,

dejo una mesa vacía,

dos tazas de café intactas

y me sumo a los que sufren la lluvia inclemente

del día a día.




{DISTANCIAS} por Carmen Riviero Santiago

Añadir leyenda

Me encantaría meterme en ti, boca abajo,
morder tus nalgas
abrirlas // oler tu ano
meter mi lengua dentro
y poco a poco hundir mis dedos en ti,
y después de las groserías iniciales
quiero escucharte decir,
Vamos que tengo ganas de ti
métemelo,
cómeme,
quiero sentirte,
quiero sentir el caliente entrando en mí. . .
Y quiero venirme mientras te vienes,
así como lo has hecho mil veces dentro y encima de mí
o cuando te vienes en mi culo
entre mis nalgas o en mi barriga o en mi pecho.
                        Annette,
asimismo quisiera que dijeras, 
Ven y vacíate en mi culo,
no pares
quiero venirme contigo dentro.

Lo triste de todo Annette es que nunca confiaste en mí.

Cuando te decía que quería que fueras mía, sin temores, 
estar en ti empujándome mientras tenías mi boca en tu chocha 
y mis dedos en tu culo haciendo abismo; 
moviéndolos. . .
Hubiera sido perfecto si en ese barranco viviéramos
en el preludio:
porque siempre vi tu boca abierta y gimiendo sin parar,
tú encima y yo viniéndome por la presión de tus músculos
solo tú sabías moverlos y hacer que me vaciara completamente.

Cuántas veces quise seguir dentro de ti aun después de que ambos habíamos terminado y lamerte y aguantar con mis manos tus nalgas y dejar que mi saliva y mis dedos abrieran camino en esa parte de ti que me guardaste
y que tal vez estando con otros no lo pensaste dos veces para aventurarte. . .

Siempre quise venirme y continuar
abriendo tu ano
estar dentro y recobrar virilidad
si hubiera sido posible acomodar el pico de mi pene en ti
poco a poco empujarme sin lastimarte 
mirarme creciendo en ti,
expandiendo la forma de tu culo con la forma que más te gustase,
metiéndome lentamente pero completo, sentir el calor
quizá sacarlo y volver a ti con fuerza,
que tú quisieras entregarte oculta y olorosa
porque yo amaba lamerte
porque tenías un sabor dulce,
un sabor que todavía recuerdo
así como recuerdo lo rico de tenerte
y tu boca y tu cuello y que siempre fuéramos juntos.

sudada,
duchada,
durmiendo,
subiendo las escaleras;
realmente 
lo único que venía a mi mente era desnudarte,
arrodillarte;
meterme en tu boca,
que me comieras;
pensar eso me volvía loco 
y hasta tuve que masturbarme a tu lado 
más de cien veces 
porque tú no querías lidiar conmigo;
la verdad era que deseaba masturbarme en ti,
en tu rostro, en tus manos,
en tu culo, en tu chocha,
en tu lengua,
venirme en ti,
que me mojaras:
quería llenarte de ti
sin limpiarnos;
seguir juntos por horas
y que llenaras mi boca y mi pene y mis dedos de ti,
con tu blancura. . .
Porque cuando estabas mojándome parecías ser 
lo más rico 
así eras tú.

Quería comerte
que te masturbaras
y llegar juntos al barranco 
donde las cabezas se pierden.
Pero (siempre) lo dijiste,
Nunca vas a comerte mi culo,
solo lámelo. . . Méteme los dedos;
yo lo hacía sonriendo
y te escuchaba gimiendo mientras pensaba:
Ah, mi querida Annette,
lo sabes bien
mientras te vienes en mi boca yo hundo mis dedos:
sabes que el camino ya está hecho,
faltaba que me dejaras entrar completo;
si hubieras confiado en mí, 
si hubieras mirado menos
permitiéndote sentir sin nadie más,
sin miedo

te aseguro que luego de tenerme (lo juro Annette)
que luego de encontrarnos en el abismo
hubieras pedido que te comiera una y otra vez
que te hiciera mía
que cada vez entrara más hondo, más veces,
en la mañana, en la tarde, en la madrugada,
lo sé Annette,
lo sé
porque 
las veces que llegué a hundir mis dedos profundamente
te balanceabas hacia mis manos 
y empujabas mis dedos más hondo en ti.
Así, abierta
con tu chocha en mi boca, 
así podías venirte:
venirte memorable. . .  
Lo recuerdo,
en ocasiones no querías eso y por supuesto 
yo desistía
pero, querida, escúchame,
estoy seguro: cuando mi pene entraba en tu chocha
me decías que no parara, 
que te lo hiciera más duro
porque así lo sentías completo 
y eso te encantaba,
decías que te morías por tenerme dentro
porque siempre estaba caliente;
y decías que me empujara más: adentro:
más rápido
más duro:
cuando estábamos chingando 
mi animal sin brújula era lo más rico;
por eso sé que si olvidabas esas experiencias
esas memorias desagradables
esas que tuviste a raíz de viejos temores 
por viejos amantes,
entonces sí te hubieras entregado {toda}
sin pensar en tabúes ni prejuicios de gentes ásperas.

De algo estoy seguro: si le hubiéramos dado rienda suelta a la iluminada tranquilidad de habitar la flor suave en tu ano, si en efecto yo, 
el monstruo,
hubiera podido caer emancipado en ti para que sintieras mi calor 
vaciándome, 
si me hubieras permitido explorar lentamente en lo más íntimo de tu cuerpo Annette, 
pienso que nada malévolo hubiera sucedido.

Pero siempre me negaste eso, querida, 
y sé que ahora no podemos volver a la jornada. . . 
¡Qué tristeza siento por nosotros Annette! 
Del abismo hubiéramos sido el perfecto imperio: 
amantes de la mañana y de su estrella que siempre nos vigila: amantes de la obscuridad: 
como aquellos que se atreven:
aquellos que gobiernan lo más bello de su piedad.