sábado, 17 de septiembre de 2016

ENTRE DOCENTES INOCENTES Y ESTUDIANTES MALVADOS {Por Don Sentido Común}


{Escrito por Don Sentido Común}
Editado por D. Pommers

Agustín de Hipona

“No hay que temer en estas verdades dice los argumentos de los académicos, que dicen: ¿Y si te engañas? Pues si me engaño, soy. Pues el que no existe, en verdad, ni engañarse puede; y por esto existo si me engaño. Y pues existo si me engaño, ¿Cómo puedo engañarme acerca de que existo, cuando es cierto que existo si me engaño? Y, por tanto, como yo, el engañado, existiría, aunque me engañara, sin duda no me engaño al conocer que existo.” 
San Agustín, De civitate Dei, XI, 26 en Historia de la Filosofía, de Julián Marías (1941)


El terror institucionalizado ha sido aprobado por la Administración Académica Central. Se reconoce diariamente ocultándose ante la virtud del estudiante, esperanzado, con un antifaz del proletariado y un vínculo despectivo: sobrepuesto en el altar de su facultad.

El homicidio es evidenciado en los libros que han sido publicados por alguna casa editorial. Antes del aprendizaje, impera el título magisterial, esto sin considerar la aportación juvenil ni la experiencia callejera que les otorga la vida. 

Son los docentes inocentes, las tinieblas del salón de clases; son aclamados en revistas, entrevistados / cognoscentes. Para la nación, son los que redactan su opinión en nuestro periódico. Son los que alguna vez fueron alumnos pero luego se olvidaron, cuando adoptaron el axioma de su titulación, se olvidaron.

Se diferencian de sus oyentes mediante insultos o altanerías; y ante sus aprendices solo demuestran frialdad, siendo pobres, infelices, sin cordura académica. Y el docente les comenta: “en el presente no hay tiempo suficiente para otorgarle a usted el espacio necesario, para escucharle declamar sus preguntas ignorantes”.

Muchos hemos firmado el mismo contrato; lo hicimos sin imaginar las condiciones que contribuirían, de manera bestial, a establecernos en un desarrollo−trampa que banalmente piensa estar en movimiento cuando, en  realidad, la forma de su esqueleto es defectuosa; el contrato falla porque se apoya de escrituras pálidas que solamente vomitan notas por salarios. Es un orgullo que, sin tener latidos para existir, lo albergamos, es vigente y sigue criándose en nosotros.

Esta forma de pensar está en metamorfosis, por esa razón es que puede figurar como una faena insoportable para los demás, sin embargo, una y otra vez se valida mediante sus normas institucionales. Entonces, el odio y el rencor se adueñan del flujo creativo en nuestras venas, nos posicionamos contra serpientes que han sido bautizadas por el canon y marcadas para el éxito con publicaciones esotéricas, exclusivas, propagadas por un manojo de estudiantes que deliran con ser mordidos por dicha hipocresía; incluso, se ofrendan con tal de propagar el veneno de sus dioses en nuestro hemisferio cerebral.

En el salón de clases (en su cárcel del pensamiento) se configura la distribución del poder; esto lo logra maromeando en la pizarra enseñanzas de autores que han sido revocados del ciberespacio. El marcador dicta la trayectoria de quienes copian sin cometer el delito de levantar sus manos.

La pregunta que se escapa del reino de las lecturas selectas, sirve de ejemplo para desprestigiar al alumno osado. La burla es contagiosa y es altamente compartida, con la burla se desprestigia al estudiante que se atreve a exhibir la maldad de su intelecto y la altanería de la interrogación. Así pretendemos emplear una aseveración que algún día un maestro reflexionó:
            No vincule al claustro en un asunto que no amerita discusión, pues será su persecución una lástima y un repudio, por querer hacer suyo un tema antiguo y olvidado. Es usted un ser único, mientras no exista un docente, pues será suyo siempre el presente al reinar la educación, aunque en esta dimensión son muchos los que enseñan con amor, pero existirá siempre el autor que es un canalla e interesado; no busque usted al tirano cuando tiene a su salvador.

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