sábado, 13 de julio de 2013

Bocanada de ciertos muertos

 Ilustración por los Hermanos Limbourg

Esta noche me entrego, cansado de ver huesos
sé que he mentido más que un rosal de cien bocas,

más que esas miserables bocas de espíritu
de caracol, de mañanas abrideras; sé cómo son,
ahora los asesinos se desayunan mis ojos, con café,
con sus gargantas de púa me acarician las manos;
tanta es mi fascinación que a veces les rento mi alma,
esta labor depende del cadáver, del aparecido en la mesa:
mi deber es conjurar un escape y alumbrarle buen camino,

si lo trago, esa vieja culpa del limbo que es suya se hace mía,
                      se queda conmigo, se cuelga en mi abdomen;

a veces soy así, práctico, como son los soldados inferiores:
a esas horas, cuando mi esqueleto se daña, yo los busco, sonriente,
me hago noche abierta y los llamo para que visiten mi habitación;

me permito ritos de pájaros lucífugos, de comandantes Satanachia
pero, aunque estén conmigo y seamos uno, hurgándonos, libres
paseando nuestro cuerpo entre muertos frescos y orina de resina,
después de haber sudado este olor a caldera en vela, siempre regresamos,

posiblemente somos reino de sierpes besándole la mejilla izquierda a Dios;
somos luces de beleño muriendo: liados a perder las bocas: a balancear una cruz.


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