domingo, 4 de agosto de 2019

Sabotaje en mi propio misticismo: dos poemas de Gabriel Cortés Serra

Guido Reni, 'Saint Sebastian' óleo sobre lienzo, circa (1625)



En relieves sobre mi piel


He muerto muchas veces
y tú no lo sabes.
He muerto para tenerte presente
y hacer de tu perdón tangible
en relieves sobre mi piel.

Me compré flores para recordarte,
para traer el ensayo triste
de tus palabras y la mirada que una vez fuiste.

Hace tiempo que asesiné en un baño
ese de mí quien te engaño;
lo ahogué de alcohol
tanto que no tuvo más remedios que abandonarse.

Cuando me hablaste de no regresar,
miré el océano como una salida
y cuántas veces morí ahí, ya no sé;
pero siempre me volteé,
siempre volteé con mirada de sed
en hallar el perdón en tu voz junto a mi nombre.

Me continué matando porque la verdad era trastornable 
y se mal formaba en mi estómago
masticando con sus dientes;
mordiendo tu perdón que ya perdía sabor.

Me continué matando por costumbre,
porque tu ausencia vivía para hacer memoria;
y de qué maneras,
que si pistola o cuerda o navaja
no importa.
Te lo confesaré en otros poemas.

Que aquello que se hospeda en mí
busca sacrificio,
reclama penitencia
para no corromper la mirada que una vez fuiste.

Y aún con tu perdón,
y aún con tu regreso,
seguiré matándome a cada momento;
porque tu perdón nunca fue convincente
y tu regreso no será para siempre.
Incluso anoche
me maté un poco después de besarte.

Ahora, sé mejor:
me compré flores para adornar mi nombre
después de enterrarme.
Porque dime:
Cómo me deshago de la culpa.
Cómo perdonarme.
Cómo no matarme.


Canción lejos de la madrugada

Hay cosas que ya no podré hacer
y si la felicidad me llegara
la sentiré porque siempre me pareció incómoda.
Me aparté de ti fuera del lugar que me quisiste tener
y me gustaría, hacerte entender
que existe una prohibición, un sabotaje en mi propio misticismo:
No quiero flores cuando las pueda tener;
las quiero cuando mis ojos se llenen de espacios negros y largos
y mis labios extrañen tus pétalos.
Te quiero cuando la madrugada es un vacío en el estómago
que ningún alcohol logra consolidar
y que no dejo de pensar,
pensar en la gordura gris de mi decisión;
que no existen cimientos
para yo haberme perdido lejos del eco de tu risa;
que fue una decisión mía
vencerme frente al océano de mi propia imaginación.

Ahí dentro
también estás tú, pero lejos;
el agua es muy fría para tus pies.
Y ese otro tú imaginado me entiende
que nunca seré feliz;
que vivo persiguiendo limosnas dejadas en el pasado,
que para mí el remordimiento es una canción repetida en la madrugada;
que tengo demasiado que sentir la nada de ser otro,
que siendo lo que no soy es una forma de tomar significado,
que me alejo de lo que tengo para desearlo.

Me gusta más la versión imaginada
tuya conservada
que no se arriesga en tocar el agua.
Conoce las reglas,
sabe que no hay manifiesto ni intersección
tampoco propósito
en mi decisión;
que no soy yo cuando estoy contigo.
Tengo que sentirte abandonarme para hallarme
de vuelta en el cuerpo
en líneas negras
que brotan a púrpura
que se cruzan a rojo intenso
que se desplazan a nubes rosadas.
Y son líneas que no curan;
nunca conocerán lo que es permanecer cerradas
porque siempre buscaré lo que no puedo ser.

El tú de mi imaginación es más sabio;
sabe cómo lastimarme.
Y si lo hago, y si de esta no vuelvo
el tú de mi imaginación le dirá al mundo:
‘No es mi culpa, yo intenté salvarlo;
no sentiré remordimiento.’
Si te preguntaran por mi ausencia, responderías:
‘Él es pasado;
el agua era muy fría para mis pies.’
Si te dijeran que me encontraron en una ensenada
entre guijarros y sin corazón, responderías:
‘Bien por él, esos fueron sus deseos;
así empieza una leyenda.’

Esa indiferencia del tú de mi imaginación
hace que yo te desee de verdad.
Porque aquí es cuando empiezo a conocerme
y te revelo que si me hubieras mirado a los ojos y dicho:
‘No te deseo, no te quiero más;
tú y yo nunca volveremos a estar’…
entonces te perseguiría toda mi vida y me olvidaría del mar;
pero si tú me dijeras:
‘Ven, toma mi mano, iremos a nadar’…
sabiendo tú que no sé nadar
retrocedería de ti, dudaría de la verdad y de nuestra existencia.
Pero si fueras tú autor ubicando la navaja
en uno de mis libros,
si fueras tú quien me la entregara en vez de yo buscarla;
si fueras tú el insistente,
si fueras tú el egoísta,
entonces no habría líneas que no curan
y el océano sería una canción lejos de la madrugada.

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